Entre los muchos regalos que Dios me ha dado, está el ser escritora y en mi libro “El éxito del fracaso”, relato historias de la vida real y que en su mayoría son mías o de algunos amigos. Aunque al día de hoy son “historias”, han permitido que muchas vidas sean transformadas. Esta es una de ellas. ¡Disfrútala!

Cuando hayas reconocido lo que vales y lo bueno que eres, no tendrás necesidad de que los demás apoyen y refuercen tu valor. Wayne W. Dyer

Compartiendo con un grupo de personas les invitaba a no frustrar sus sueños, a establecer metas y cumplirlas. Con autoridad y tono firme les dije: “Usted es responsable de lo que es hoy, nadie más. Es el tiempo de entender que es usted el responsable de su propia vida. No le siga echando la culpa al vecino”. De repente, un hombre de aproximadamente cincuenta y cinco años levantó su mano y me dijo: “Con lo que tú estás diciendo, debo confesar que soy un fracasado. Siempre culpé a mi papá por frustrar mis sueños como empresario, ahora entiendo que fue mi decisión”. Le solicité que ampliara su intervención, pues ninguno de los presentes entendíamos lo que quería decir, y continuó: “Miren, cuando tenía nueve años soñaba con tener mucho dinero, quería ser rico, poderoso e importante, y empecé a proyectarme y a trabajar por ello. Con los ahorros de un año compré un cerdo bebé y empecé a alimentarlo y cuidarlo con el propósito de luego venderlo y comprarme otros cerdos bebés y continuar con el proceso. Me sentía grande. Con tan poca edad estaba proyectándome a lograr lo que ni mis padres ni ninguno de la familia se habría propuesto emprender. Todos los días alimentaba al cerdo, inclusive lo bañaba, esa era mi gran inversión. Anhelaba comprarle una casa a mi mamá y cuidar de ella, trabajaba mucho y nadie la valoraba, deseaba dignificar su esfuerzo de madre y esposa. Muchos en la familia se burlaban y con tono vacilante me llamaban “el empresarito”, realmente no me disgustaba este sobrenombre. Un día de Navidad estaba en casa descansando cuando de pronto llegó mi papá a saludarme y desde lejos me mostró algo que sostenía en su mano derecha, era un cordón grueso y un poco sangriento y moviéndolo de lado a lado me dijo: “Adivine qué es esto”, “no sé”, dije. Mirando fijamente el cordón y con tono burlón me dijo: “Acérquese a ver lo que quedó de su cerdo, ahora sí se le acabó la tontería de ser empresario”. Sentí morirme, lloré muchísimo… En esa cola habían quedado todos mis sueños y proyectos. Han pasado casi cuarenta años y no lo he podido olvidar, todavía me causa dolor, pero hoy entendí que fue mi decisión no continuar con mis sueños de empresario. No fue mi padre ni fueron mis hermanos, tristemente fui yo”.

Todos quedamos en total silencio, sorprendidos de cómo un padre podía, tan torpemente, frustrar de esa forma los sueños de un hijo. Finalmente, motivados por esta historia, los demás compañeros empezaron a compartir sus historias de frustración, unas más impactantes que otras, pero al fin todas muy interesantes.

Después de escucharlos a todos y observar la actitud de frustración de la gran mayoría, pues su edad ya era un poco avanzada, los animé diciendo algo que tiempo atrás había leído en un libro: “Amigos, les tengo una grata noticia, nunca es tarde para triunfar, y nunca es demasiado pronto para empezar, así que ¡adelante!”.

…Nunca es tarde para triunfar, y nunca es demasiado pronto para empezar.

Después de esto la motivación fue impresionante, y a partir de ese momento ni la edad ni la salud ni las finanzas fueron para estas personas obstáculos para hacer sus sueños realidad. Uno de ellos inició el proyecto de una empresa de transporte, el otro una de construcción; una señora su empresa de diseño de ropa interior, y así todas las personas fueron animadas a seguir adelante. Hoy te pregunto ¿Cuál ha sido o fue tu cola de cerdo? No pienses en quién la cortó, sino en qué pasó con tus sueños después de esto y corre tras ese proyecto que aún te está esperando. Recuerda que el impedimento está únicamente en ti.

¡Levántate y resplandece, que tu luz ha llegado!, ¡la Gloria del Señor brilla sobre ti! Isaías 60:1

Por Martha Serna

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