Hace algunos años tuve la oportunidad de viajar a la costa con mi familia y en una de esas salidas a la playa se acercaron dos niños de aproximadamente 10 años del grupo indígena los Kogui. Su apariencia era un poco descuidada, dientes muy amarillos, cabello a la altura de los hombros muy sucio, pies descalzos y en su actitud muy serios.

Cuando se acercaron, hablaron con mi mamá que estaba a cierta distancia, por lo que yo no podía escuchar lo que hablaban; luego ella se hizo en medio de los dos niños y posó para una foto. La imagen me pareció hermosa, sin embargo, quien más lo estaba disfrutando era ella ya que sonreía mientras los niños cumplían con su función, posar para la foto con turistas, ellos realmente no se veían a gusto. Me pareció extraño que simplemente se tomaran una foto y no pidieran dinero a cambio o algo de comer; finalmente mi madre dijo gracias y los niños partieron arrastrando sus pies sobre la arena, se veían muy aburridos.

Yo les hice una señal y les pedí que se acercarán porque quería hacer lo mismo, tomarme una foto. Lo curioso es que su actitud fue un poco más amable y simpática. Me retoqué y posé para la foto, cuando les fui a decir gracias, los dos niños me estiraron la mano y me dijeron “Chinco mil”, sorprendida abrí mis grandes ojos y no pude resistir la risa, aunque no entendía, reí, reí y reí… sumé los chinco mil de mi foto, más chinco mil de la de mi mamá, y esos diez mil pesos se los entregué. No se alcanzan a imaginar la felicidad de estos niños, me dijeron “gachas” y se fueron.

Está historia la conté a todo el que podía y por algún tiempo me llamaron “chinco mil”. La experiencia divertida me dejó pensando en la habilidad de estos niños de reconocer quien paga. Más allá de lo gracioso que me pareció en su momento, me enseñó, o más bien, me hizo más consciente de la importancia de la imagen que proyectamos a los demás. No estoy queriendo decir que lo que mi mamá proyectó fuese menos o más que yo, solo que tal vez ellos percibieron algo diferente que hizo que a ella no le pidieran dinero y a mí sí.

…la importancia de la imagen que proyectamos a los demás.

En el libro “El efecto”, Sonia González su autora, nos invita a descubrir la riqueza de ese “Algo” que cada uno transmite a partir de su esencia particular. Esa impresión que transmitimos va mucho más allá de lo perceptible en la mirada, las palabras, la postura, la expresión del rostro, la seguridad, la presentación personal, etc. Es tan profundo que algunas personas a un simple cruce de palabras o de contacto físico transmiten calidez, sencillez, visión, motivación, potencial, fuerza, multiplicación, seguridad, generosidad, responsabilidad, confianza, autoridad o escases, egoísmo, antipatía, desconfianza, rechazo, pasividad, lentitud, apatía, temor, mentira… ¿Alguna vez has escuchado “Es que hay algo que no me gusta y no sé qué es”? o ¿“Es que tiene algo tan lindo, pero no sé qué es”?; es ese algo, en un no sé dónde, pero que es. Todo lo anterior es muy importante identificarlo porque proyecta los alcances y el motivo por el cual son cierto tipo de personas, trabajos, negocios y resultados los que permanente atraemos y no otros.

Hace poco mi hijo menor me pidió algo y en el momento no teníamos los recursos, sin embargo, le dije: “no te preocupes que el dinero nos persigue, pronto lo tendrás”. Y así fue, pronto lo tuvo y mejor de lo que esperaba. Sin pretensiones, así es. Yo creo que el dinero, las personas maravillosas, las oportunidades y todo lo mejor me persigue, ¿sabes por qué? porque mi “no sé qué” está ligado a la fe y a creer en que todo es posible.

Mi “no sé qué” está ligado a la fe y a creer en que todo es posible.

Sé que transmito seguridad, autoridad y confianza. Tú ¿sabes qué transmites?, ¿es a ti a quien le piden chinco mil?, en otras palabras ¿es tan grande el efecto que causas que como dice mi libro preferido, La biblia, “Las bendiciones te siguen y alcanzan a causa de tu maravilloso “no sé qué”?.

Espero que hagas parte de ese grupo maravilloso de “La foto de los chinco mil”.

Por Martha Serna

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